martes, 23 de abril de 2013

Dios habla hoy

Renacidos

Si ustedes, pues, han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Colocenses 3:1

¿No volverás a darnos vida Para que Tu pueblo se regocije en Ti? Salmos 85:6

¿Conoce usted, hermano y hermana en Cristo, a alguien que haya resucitado de los muertos? Pues si todavía cree que no ha conocido a nadie en el que haya operado este milagro, corra hacia un espejo y salúdese a usted mismo. Sí, hubo una vez en que usted estaba muerto(a) en sus delitos y pecados, y por la gracia y la voluntad de Dios, Él le hizo resucitar a una nueva vida para ya no ser más un esclavo consciente de tal delincuencia (Y Él les dio vida a ustedes, que estaban muertos en (a causa de) sus delitos y pecados Efesios 2:1). Fuimos sepultados y resucitados con Cristo por la mano de Dios en un acto irreversible de gracia y de misericordia hacia nuestra naturaleza delictiva. No lo digo yo, lo dice el mismísimo Dios: Sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. (Col 2.12)

En el día postrero nuestra resurrección tendrá otra connotación; será diferente, porque andaremos de la mano de Dios y viviremos en la eternidad. ¿Y qué implica entonces el que Dios nos haya resucitado a una nueva vida aquí en la tierra para que vivamos en armonía los unos con los otros y tengamos plena comunión con su Hijo Jesucristo?

Nos va la vida en ello, pues implica poner los ojos en las cosas de arriba y renunciar a muchas de acá abajo y así ir siendo transformados de gloria en gloria a la misma imagen de Él, (2 Corintios 3:18) viviendo una vida que le agrade, por la fe que promueve, desde el corazón, las obras que glorifiquen el nombre del Señor. Sin muerte no hay resurrección. Si Dios nos resucitó “en vida”, es porque verdaderamente estábamos muertos “en vida” por nuestras transgresiones y rebeliones contra nuestro creador. Comenta M. Henry que el pecado es la muerte del alma y que el estado del pecado es el estado de conformidad con este mundo. ¡Qué razón tiene! ¡Cuánto necesita el mundo conocer esta verdad! El cristianismo no se trata de deudores y acreedores, sino del amor.

Él nos amó primero, nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús (Efesios 2:6) para mostrar las abundantes riquezas de su gracia (Efesios 2:7) por el extraordinario acto de concebirnos hechura suya para hacer el bien. No podríamos ser deudores de Cristo por dos razones: el simple hecho de que nuestra salvación ha sido un don (regalo) de Dios y porque humanamente no hubiéramos podido hacer nada para alcanzarla. La gloria, el mérito, es sólo de Dios. Nadie puede vanagloriarse de haber alcanzado la salvación por sus propios méritos.

¿Se miró en el espejo de su conciencia y cayó en la cuenta de que es una nueva criatura gracias a que Dios le resucitó de entre los muertos? Si tiene tiempo, le invito a que busque en su Biblia y medite el pasaje de Efesios 2:1-10. Estoy seguro que le será de un deleite incomparable.

Nuestra libertad definitiva nos fue dada con la resurrección de Cristo de su muerte en el Calvario, pero no olvidemos que lo que somos hoy, es el resultado de una nueva vida en Cristo porque Dios nos llevó también a una crucifixión espiritual desde donde emergimos, como nueva creación, para honra sólo a aquél que nos creó desde el vientre de nuestras madres, y desde el propio nacimiento espiritual que dejó atrás los deseos desordenados de la carne.

Mire hacia arriba, hacia las cosas divinas, no con el éxtasis de un espiritualismo religioso engrosado por una fe emocional que en poco o nada nos edifica, sino para buscar al que está a la diestra de Dios Padre y en el anhelo diario de ser llenos de su Espíritu, o sea, dejarse dirigir y obedecer esa voz de Dios que todos tenemos en nuestro interior.

Una de las cosas más lindas que dice Dios de sus hijos, es que somos aceptos en Cristo. Su sangre cubrió todos los desórdenes y pecados, causa por la que andábamos errantes por el mundo, vagabundos de todas las miserias humanas (sin saberlo siquiera), como ovejas sin pastor y a merced de las patrañas del engañador. Pero un día –seguro que tú lo recuerdas – Él te llamó a ti y a mí, crucificó tales desórdenes con Cristo y nos resucitó juntamente con Él. De entonces acá, y a pesar de los altibajos cotidianos e inevitables de la vida cristiana, nuestra vida no ha sido igual. Somos bendecidos y por mucho, más que vencedores en este nuevo nacimiento en el Espíritu. Nada es comparable a esa grande bendición.

¡Dios te bendiga!

Faustino de Jesús Zamora Vargas

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